En un viejo escondite de la memoria

En: Obradores

ÁLVARO CARMONA LÓPEZ/DOMINGO DÍA 01 DE NOVIEMBRE DEL 2020

Puestos a recordar, en un viejo escondite de la memoria, tengo una vez que nunca más volvió, en el torno de un convento. No diré nombres pues lo que se recuerda se queda para uno mismo.

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Aquel día fui con mi abuela a comprar dulces conventuales. Inocente y presuroso de su mano, recorrimos Sevilla con el convencimiento de que esa navidad debería tener sabor a convento. Creo que el cielo que dibujan los conventos en nuestro mundo va más allá de una mera transacción de sonrisas, cajas y un pago. Esos productos tenían el amor maduro y juvenil de aquellas enviadas de Dios. Cuando abrías cada paquete en casa, te dabas cuenta del trabajo y dedicación que tenía cada paso del proceso.

Mi abuela me decía con gran ánimo que ayudar era también comer. Porque de todos dependía que nuestras hermanas pudieran seguir ayudando a los demás, dando de comer a otros.

Con el paso del tiempo, entendí aquellas matemáticas de la vida. Ayudar daba sentido a comer y comer era el camino de ayudar.

Ese torno del convento, se abrió como un camino a Dios en medio de nuestro mundanal ruido.

Depositamos las monedas y apareció en nosotros, esa fortaleza espiritual que solamente se da cuando lo que haces tiene buen puerto.

Somos las experiencias que nos da la vida. Mi abuela todavía vive y sigue recordándome que las que rezan por nosotros, necesitan nuestra ayuda.

Recomendaría a todos los hermanos en Cristo, visitar los tornos de los conventos de su ciudad.

Una sonrisa. Una caja. Un pago y un guiño a Dios. Comer dulces es ayudar, para ayudar así a otros a comer.

 

Álvaro Carmona López