“El olor de los recuerdos”

En: Obradores

ANTONIO RAMOS / MARTES DÍA 24 DE NOVIEMBRE DEL 2020

La ciencia ha confirmado aquello que nos era revelado desde siempre, la asociación por primera vez de un objeto a un olor crea una huella profunda en el cerebro, que siempre nos unirá ese olor a esos primeros recuerdos, normalmente de la infancia.

Poder colaborar fotográficamente con el proyecto “manos de Santo” y poder entrar en el obrador de las monjas, activó de nuevo esa parte del cerebro donde habitaban desde siempre esos recuerdos de infancia y me teletransportaron al pequeño obrador de mi madre en nuestra casa de Almonte. Ajonjolí, sésamo, anís, limón, miel, aceite, almendras, piñones, azúcar, vainilla, harina, leche, canela….. esos olores que forman parte de mi niñez y adolescencia, dirían que son parte de la esencia de ese tiempo vivido, envueltos en ellos queda por un lado el gusto de su mezcla y por otro lado el mundo de la emociones que a su vez me transportan a una sensación inmediata de bienestar, a momentos inolvidables de la vida: la casa de mis padres, la vuelta del instituto, la cocina de casa, el delantal impoluto, la sonrisa eterna, las caricias, el beso desinteresado, la mirada cómplice, las manos blancas…. Ese el el olor de los dulces conventuales, es es el micro-mundo al que volvemos con cada bocado de los dulces que nos siguen siendo ofrecidos por estas manos de las monjas, convertidas por el perfume imperecedero del tiempo en madres adoptivas. Poder fotografiar esto dulces, dio pie a poder probar algunos ( a escondidas la mayoría) y enseguida sentir una invitación al paladar a sabores olvidados y muy auténticos, por arte de la magia de la elaboración de esas manos en el milagro cotidiano de la harina y el azúcar, quedar transportado al mundo perfecto de la felicidad olvidada, sentir que por un momento se paró el reloj, y de nuevo la vieja mesa de camilla, el mantel que olía a rosas, las servilletas bordadas, el tazón de chocolate, la vajilla de la abuela, el plato preferido de mi padre … A todo esto saben los dulces de convento , y también saben a oración diaria, a rosario, a orgullo por el trabajo bien hecho, a jazmín de los patios de sus casas, a amor propio y a amor por el prójimo, a esfuerzo, a cariño, a paciencia …. Saben a manos de santas, para mí a aquellas que cada mañana me ponían bien la camisa, o me arreglaban el flequillo, y que con dulzura en una secuencia que se hacía a cámara lenta no se querían separar aquellas tardes de domingo cuando el autobús ya no esperaba más …..

Antonio Ramos Noviembre 2020