Dulces de Convento ¿sólo dulces?

En: Obradores

LOLA OLIVERO/DOMINGO DÍA 01 DE NOVIEMBRE DEL 2020

Siento en mi interior, tras ver vuestra página y sección, la motivación de contar que son para mí, los dulces de convento y en un arranque, quizás de temeridad, allá voy. Sin duda los dulces de conventos están ligados a mi niñez, a recuerdos entrañables de mis paseos desde la orilla de Triana, mi barrio, al centro en las épocas de Navidad, cuando acompañada de mis padres visitábamos belenes y de paso comprábamos los roscos y los pestiños y las tortitas. Eran la recompensa al paseo a veces largo. En Cuaresma la ruta era otra, los viernes a visitar al Señor, de una iglesia a otra, siempre las mismas y siempre por el mismo camino, y volvíamos a comprar dulces de convento, en esta ocasión eran pestiños, torrijas y yemas, que eran mis preferidas.

Recuerdo a mi madre de vuelta con su cajita en la mano comentando que como esos dulces no había ninguno y lanzando mil y un piropos a las manos de las monjas que con tanto cuidado los elaboraban. Mi hermano y yo deseábamos llegar a casa para probarlos y en alguna ocasión aprovechábamos su despiste para coger alguno a escondidas (bueno quizá más de uno) lo que la obligaba a guardarlos bajo llave para que llegarán a los días grandes de las fiestas.

Cuando entrábamos en los conventos y nos acercábamos al torno, escuchaba la voz suave y apacible de la hermana que lo atendía “Ave María Purísima, sin pecado concebida” y no sé por qué, yo me imaginaba que detrás de aquél artilugio, existía una especie de palacio con bonitos jardines donde todo era alegría y reinaba la paz y la tranquilidad.

Ahora cuando acudo, ya siendo yo la madre, me vuelven a la memoria todos estos recuerdos, por lo que pienso que no son solo dulces lo que estoy comprando, sino una parte de mi infancia en la que era feliz y tomarme un pestiño a escondidas de mamá, era toda una aventura.

También ahora cuando acudo a los conventos, pues tengo que reconocer que es allí donde me gusta comprar los dulces, veo que lo que yo imaginaba como un palacio, es un edificio en ruinas que en algunos casos se mantiene en pie a duras penas. Es por todo esto, por lo que es importante seguir comprando los dulces de convento, elaborados con todo el cariño por mujeres, que no olvidemos, han dejado a sus familias para apartarse del mundo y en un derroche de generosidad han dedicado su vida a rezar por nosotros sin siquiera conocernos. Y no siendo esto bastante, se dedican a endulzarnos la vida y a llevarnos a esos paraísos de la infancia donde éramos felices con un pastelito.

 

 

LOLA OLIVERO